Sergio Molina

Sergio Molina

Encargado de Comunicaciones de Proyectos

[El SORPASSO A LA BOLIVIANA] "No son pocos los desafíos de Luis Arce, David Choquehuanca y el MAS, pero en menos de un año se recompusieron de una derrota monumental y se adelantaron a todos sus competidores, de forma que hoy nuevamente se convierten en los actores principales del porvenir boliviano".

El sorpasso a la boliviana

Luego de la euforia y sorpresa que produjo el apabullante triunfo de Luis Arce y David Choquehuanca en Bolivia, es hora de reflexión y análisis. Si bien la victoria de MAS era vaticinada por todos los análisis independientes, casi nadie intuyó que ese triunfo sería de tal magnitud que no se necesitaría una segunda vuelta para proclamar al nuevo presidente democrático boliviano.

Al respecto, hay que desmenuzar ciertos aspectos de la realidad boliviana que machaconamente emergen en momentos de gran tensión; por ejemplo, la participación electoral en pandemia que se acercó al 90% y que batió todos los récords. Sería un razonamiento simplón deducir por ello que se trata de una sociedad más democrática que otras o más abierta, sin tener en cuenta también que en Bolivia los sectores subalternos o nacional-populares —según la terminología que se quiera usa—, ocupan de forma desbordada cualquier espacio de participación que encuentran, sea en las urnas o sea en las calles.

Tampoco se debe olvidar que fueron esos sectores los que mantuvieron durante casi 14 años en el poder a Evo Morales, el líder que canalizó positivamente sus pulsiones; pero también los mismos que se desencantaron de él cuando desconoció al resultado del referéndum de 2016 y se habilitó como candidato.

Si bien el MAS demostró que hegemoniza los sectores populares y que recuperó a sus votantes de forma inobjetable, se trata de electores complejos y sofisticados, que asumen muchas identidades, por lo que encasillarlas en una sola (lo indígena, por ejemplo) es caer en un típico reduccionismo elitista. Dicho eso, el voto oculto favoreció largamente al MAS y tuvo un fuerte sentido de reivindicación étnica.

Las y los bolivianos en condición más vulnerable le dijeron no al discurso de odio y que incluía dosis enormes de racismo. Fue simbólico en ese aspecto que el insulto descalificador “indio de mierda” se convirtiera en sinónimo de “masista de mierda” para las hordas cuasi fascistas movilizadas en los principales centros urbanos del país (la palabra “horda” también se convirtió en un término diferenciador: los jóvenes de clase media encapuchados y con palos que se desplazaban por la ciudad eran “defensores de la democracia” mientras que los campesinos movilizados se calificaban como “hordas de indios violentos e irracionales”).

Muchos votantes que ni siquiera adscriben racial o políticamente al MAS y a los que la política no les interesa particularmente, vieron con terror a esas turbamultas, sabedores de que podrían ser las próximas víctimas de su odio e irracionalidad.

En ese escenario, los ciudadanos que criticaban con justicia los errores de Morales fueron incapaces de distanciarse de los sectores racistas y reaccionarios, y creyeron que hacer vista gorda de la venganza medieval desatada era el único camino para cambiar de régimen. De esa forma, no hubo posibilidad de diferenciar a los ciudadanos críticos que buscaban recambio y una mejor gestión, de las élites reaccionarias que estaban dispuestas a volver al voto censitario.

El gobierno de Jeanine Añez confirmó e incrementó esos temores porque a pesar de tener a Evo derrotado y en el exilio (luego del golpe de Estado); a pesar de contar con la simpatía y expectativa natural de buena parte de la sociedad (por su novedad luego de muchos años de ver las mismas caras); dilapidó su gran popularidad a punta de corrupción, autoritarismo y malas decisiones, creyendo, por ejemplo, que era buena idea rodearse de políticos fracasados y rancios personajes del neoliberalismo de la década de los 90 del siglo pasado. Frente a lo cual el razonamiento de muchos fue: “entre los mismos de antaño, prefiero los mismos de entonces”.

El premio mayor a tanto desatino se lo llevó su decisión de declararse candidata, contraviniendo las normas más elementales del juego democrático, incurriendo en las mismas prácticas que los políticos a quienes criticaba y había reemplazado. Todo lo cual llevó a uno de los ministros de Añez a explicar hace pocos días que en ese momento “pasaron de ser un gobierno extraordinario a una candidatura ordinaria”.

Finalmente, no se puede dejar de lado la performance de Carlos Mesa, el segundo en disputa, un intelectual que pensaba más en ser presidente que en ganar las elecciones y que en lugar de proponer y seducir a la ciudadanía con una propuesta optimista y de futuro (en medio de la crisis económica y sanitaria), se empecinó en construir la imagen de un candidato que estaba en contra de y no a favor de un proyecto.

Mesa tampoco pudo hacer frente a la ultraderecha regionalista cruceña representada por Luis Fernando Camacho, quien logró arrebatarle la votación dura antimasista en ese departamento y que logró convertir las últimas semanas de campaña electoral en una disputa inútil entre el segundo y el tercer lugar (mientras el primero corría solo hacia la meta y se llevaba el trofeo).

Camacho, arropado en su victoria en Santa Cruz, en estos días convoca a sus más cercanos a las puertas de los cuarteles militares, miente sin escrúpulos en las redes sociales y pide un golpe de Estado. Esa es la pasta de la que está hecho.

Desafíos del futuro gobierno

Luis Arce Catacora, antaño militante de la izquierda universitaria y ex ministro de Economía, fue el artífice del crecimiento, redistribución y estabilidad macroeconómica que caracterizó a Bolivia durante la presidencia de Morales (con el imprescindible auxilio de la bonanza de materias primas y crecimiento económico que se vivió en ese mismo periodo en toda la región). Una vez electo presidente, tiene muchos desafíos por delante, a cuál de ellos más complejo, por lo que todos auguran que su presidencia no será nada fácil.

El primer desafío, sin duda, es enfrentar la crisis económica y la pandemia. Su gestión se definirá por la forma en que trate ambas eventualidades.

Pero eso no es diferente a los desafíos que tienen por delante otros países en América Latina. Lo es, en cambio, la forma en que manejará su relación con Evo Morales, quien puede convertirse en un aliado fundamental o un incordio gigantesco, en la medida en que su participación en la toma de decisiones sea mayor o menor.

Las primeras acciones de Morales, luego del triunfo de Arce, son decidoras: viajó a Venezuela a reunirse con Nicolás Maduro; se entrevistó con su anfitrión, el presidente Alberto Fernández y decide en estos días el momento exacto en que volverá a Bolivia (pero Evo no es Perón y Arce no es Cámpora, y todos esperamos que su futuro retorno no tenga similitud alguna con aquella Ezeiza trágica de 1973).

Arce, durante la campaña electoral dijo varias veces que no aceptaría en su gobierno al viejo entorno de Morales e incluso pidió que éste resolviera sus conflictos judiciales antes de volver a la política. Las organizaciones sociales más importantes del país también se muestran críticas de los exministros exiliados por el mundo o refugiados en la embajada de México en La Paz.

En un país como Bolivia donde el principal motor de movilidad social es el Estado, el recambio de personajes y el tiraje de la chimenea es imprescindible para mantener la adhesión de las organizaciones a su instrumento político, así que el retorno del caudillo es muy bienvenido de manera simbólica, pero despierta resistencia a la hora del reparto del poder.

Para lograr una “sana convivencia” cuenta con el vicepresidente electo, David Choquehuanca, ex canciller de la República, con fuerte ascendencia sobre los movimientos campesinos e indígenas y uno de los pocos dirigentes con representación y credenciales propias. Su desempeño en las zonas rurales altiplánicas durante la campaña electoral fue fundamental para el triunfo y, seguramente, ejercerá los derechos que revalidó en estos meses.

Otro desafío no menor que tendrá Arce en los próximos meses es restañar las heridas regionales que se abrieron en estos meses y cohesionar al país detrás de un solo proyecto. Santa Cruz puede ser la piedra de tope de su gobierno y en la resolución de ese conflicto se jugará la gobernabilidad futura de su gestión.

Es algo similar a lo que ocurrió durante los primeros años de Evo Morales, cuando se hablaba de una “media luna” que quería emanciparse de un “Estado fallido”. Esa crisis terminó con varios mercenarios extranjeros muertos en oscuras circunstancias y con acuerdos que permitieron años de bonanza económica para la burguesía cruceña a costa de la destrucción ambiental de la Amazonía boliviana. Probablemente Arce articulará un escenario similar: represión para los ultras reaccionarios y pingües negocios para los moderados: necesita amansar a Santa Cruz (tanto como esa región necesita de Bolivia para continuar su pujante desarrollo).

Finalmente, el Presidente Electo tendrá un tercer desafío monumental: hacer las paces con la elite y la clase media urbana que votó en su contra en las principales ciudades del país y que tiene temores de todo tipo, uno de los cuales es que retorne el autoritarismo y la corrupción que caracterizó los años finales del gobierno de Morales. Y tendrá que hacerlo sin la billetera fiscal abultada que había entonces.

Estos sectores apostaron tan fuertemente al fin de Morales que incluso llegaron a pasar límites éticos elementales, sumándose a la marea reaccionaria que se denominó “revolución de las pititas”. Fue una borrachera de un año y la resaca, si bien difícil y dolorosa, sería más llevadera si Arce tiende puentes sobre esa grieta y que a la larga se puede convertir en un despeñadero.

No son pocos los desafíos de Luis Arce, David Choquehuanca y el MAS, pero en menos de un año se recompusieron de una derrota monumental y se adelantaron a todos sus competidores (eso es lo que en italiano significa sorpasso), de forma que hoy nuevamente se convierten en los actores principales del porvenir boliviano.