2021: el año de las decisiones

El año político que se inicia será determinante para la buena salud de nuestra democracia.

Por Paulina Vodanovic

Febrero 21, 2021

Por Paulina Vodanovic

El año político que se inicia será determinante para la buena salud de nuestra democracia. Basta con mirar el calendario del 2021 para ver la impresionante sucesión de decisiones a las que se convocará a la ciudadanía chilena. Tendremos elecciones de constituyentes, de alcaldes/as, de concejales/as, de gobernadores/as regionales, de parlamentarios/as y primera vuelta presidencial, sin contar las eventuales primarias y segundas vueltas.

Pero sería un error considerar que el impacto en el curso de nuestra democracia pasa solamente por esta recarga electoral. La cuenta de ahorro del sistema político se está agotando nuevamente después del aire fresco que trajo el inicio del proceso constituyente. Ya no alcanza con discursos enérgicos sobre desafíos, oportunidades y futuras esperanzas: este año, la tarea de todas las personas con responsabilidades públicas es construir otras relaciones con lo político.

En primer lugar, es tiempo de concretar una revisión a fondo de los proyectos de país que permiten trazar un destino común. Para ello es central tomarse en serio la coconstrucción de respuestas satisfactorias para el Chile pospandemia al que hay que dar forma. Desde la discusión económica, de derechos a garantizar, hasta la reorganización policial y las nuevas miradas sobre el fortalecimiento regional. Por ahora sigue siendo baja la apropiación ciudadana de la discusión de contenidos, proyectos y programas que se juegan en estas elecciones. Es decir, conviven las posibilidades de dar nuevas conducciones a necesidades en todos los niveles de la vida pública (local, regional, nacional, constitucional), pero sin que el pueblo, el soberano de las definiciones, tenga realmente a su disposición alternativas acordes con las nuevas exigencias.

Y esto nos lleva, en segundo lugar, a la pregunta sobre la valentía del mundo político para abrir espacio real a nuevas prácticas, en especial para hacer parte a las y los ciudadanos en la toma de decisiones. Las formas de ejercer la autoridad deben adecuarse al ritmo de los cambios de la sociedad. No es suficiente con que el mundo político conceda una revisión de las prioridades de la agenda política; también hay que transformar de una vez el trato con la ciudadanía. Y esto pasa al menos por dar lugar a nuevos mecanismos de participación, de rendición de cuentas y de transparencia, para cada uno de los cargos de representación popular.

El 2021 será un año electoral, con todas las consecuencias que conlleva una intensificación de los intereses particulares, desde las agendas individuales a las agendas partidarias. No es posible, siendo realistas, que pidamos a las fuerzas políticas que renuncien a sus cálculos, que —dicho sea de paso— son cada vez más cercanos a luchas de supervivencia. Pero sí podemos exigir que estas dos dimensiones, fundamentales para revitalizar nuestra democracia, tengan avances concretos este año. No hay mucho margen para seguir diluyendo las esperanzas del 25 de octubre de conseguir cambios de fondo y forma. Tampoco podemos renunciar a la ambición de construir acuerdos unitarios durables.

Para ello, hay que tomar decisiones. Abandonemos la comodidad, cuestionemos certezas de décadas y abramos nuevos espacios para la articulación de voluntades. Será desde la valentía y en torno a los proyectos de fondo que podremos inyectar nueva vida a nuestra democracia. El año 2021 será decisivo. Para bien o para mal. Tal vez sea la última prueba de fuego a nuestras capacidades de estar a la altura de nuestra historia política.

Publicada el 21 de febrero de 2021 en El Mercurio.

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