Xavier Altamirano
Opinión

Pequeña fábula sobre las oposiciones

Una de las fábulas de La Fontaine pone a conversar a un roble y un junco, como dos viejos conocidos que han crecido junto a un río. Mientras el roble se muestra arrogante, desde la confianza de su fortaleza y la profundidad de sus raíces, el junco es el humilde que “se dobla, sin romperse”. Cada uno ocupa un lugar, cada uno sabe resistir a los vientos: con la solidez de un tronco grueso o la flexibilidad de la varilla mojada. Pero apenas terminan de conversar, se ven enfrentados a vientos implacables venidos del norte. El roble resiste, el junco se dobla. El viento redobla entonces sus esfuerzos, con tanto talento que saca de raíz al gran árbol. Es el fin de la fábula y de aquel “cuya cabeza avecinaba al cielo y cuyos pies tocaban al imperio de los muertos”.

Al escribir esta fábula en 1668, una de las que más apreciaba, Jean de La Fontaine buscaba trazar líneas de comportamiento universales con fines pedagógicos, dejando espacio a la moraleja característica del género. Pero, como no es casual que el libro que contiene este relato estuviera dedicado al hijo mayor y heredero de Luis XIV, vemos posible aventurarnos en una lectura del poder: en Chile, en un período de crisis aguda en ciernes. Lejos de estar escrita la historia y tolerando inevitables simplismos, osemos pues, plantear algunas interrogantes a la sombra de plantas, árboles y bosques.

El gobierno, con sus lazos estrechos con los grandes conglomerados económicos, ha sido golpeado por dos crisis sucesivas. No vinieron de un hipotético norte; venían del interior de su propio modelo de convivencia (competencia del homo economicus) y de generación de riquezas (extracción y venta de materias primas). Primero fue la revuelta, que mostró las raíces de una desigualdad estructural. Cuando empezaban a ponerse de pie, estos dignos representantes de la elite política y económica vieron venir hacia ellos el tornado de una pandemia cuya fuerza puede perfectamente hacer tambalear a economías del talante de Estados Unidos o Alemania. Dos veces seguidas, su decimonónico ejercicio del poder les impidió ver cuestionamientos que ameritaban ser tomados en serio. El recurso casi abusivo a los medios de comunicación, a expertos y analistas de una sola línea, no les ha evitado perder pie. ¿Hasta qué punto? Está por verse.

Porque el otro personaje no es otro árbol. No hay un proyecto alternativo de sociedad en pie, que ofrezca viabilidad a quien busque arrimarse a él. Más bien hay, como reza el eufemismo un “conjunto de oposiciones”, dispersas en el agua, sin la altura necesaria para que se les tome en serio. Seamos claros: si hay algo que pone en duda la fortaleza del gobierno no es la disputa del junco, sino que la compleja crisis y sus múltiples rostros ciudadanos. Es, en definitiva, la falta de legitimidad de su conducción, no el apremiante crecimiento de otra opción.

Ha llegado el momento de torcer la moraleja de esta historia: ya no basta con decir que seguimos resistiendo pese a que se busque doblarnos o que la soberbia hace caer al poderoso. Es tiempo de dar forma a un proyecto sólido, con un tronco común. Se puede incluso reducir a dos mínimos: un exitoso proceso constituyente para disputar la visión hegemónica puesta sobre papel en 1980 y propuestas concretas para construir un país más amable luego de la crisis. La ausencia de un proyecto con contornos compartidos es aún más patente en tiempos de tanta incertidumbre. ¿Cómo no va a ser posible acordar 10 contenidos indiscutibles en la nueva Constitución, que cualquier representante opositor defienda con el mismo ahínco? ¿Cómo no va a ser posible construir puntos de encuentro respecto del rol protector y planificador del Estado, respecto de lo que cabe asegurar universalmente y lo que puede dirimir el mercado? ¿Cómo no vamos a poder acordar la construcción de una economía menos depredadora de los recursos naturales y las comunidades, que se abra a nuevos modos de organización en cada territorio?

Ya habrá tiempo para que florezca la diversidad, con bifurcaciones y ramas para todos los gustos y egos. Por ahora, tenemos una responsabilidad histórica, y es levantar un proyecto, que convoque a una oposición sobre pisos compartidos. Me pongo el parche antes de la herida: suena ingenuo, pero no tenemos otra opción.

Publicada el 29 de mayo en Revista Opinión

 

Xavier Altamirano
Director ejecutivo de la Fundación Horizonte Ciudadano

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